Voces

Las voces siempre habían estado allí. No eran un síntoma de locura ni mucho menos, solo que desconocía su verdadera importancia. Lo que expresaban había terminado por clavarse como un dardo en el centro del hipotálamo, condicionando sus emociones.

Fue una niña torpe. Su andar despistado y su vivir ensimismada, la llevaban a ignorar muebles, piedras, bordillos, farolas y todo tipo de obstáculos que se cruzaran en su camino. Eso le decían las voces, era culpa suya por ser incapaz de caminar con seguridad.

Había pasado el tiempo, y aunque el espejo le mostraba a una mujer adulta, en su lugar veía el reflejo de la niña que fue, insegura y triste.

Una tarde circulaba por una carretera secundaria. Empezaba a escasear la luz cuando, un fuerte ruido y el zarandeo violento del coche, le anunció un inoportuno pinchazo. Agarrando con fuerza el volante consiguió dominar la dirección, hasta que pudo detener el coche en el arcén. El alivio de evitar el accidente, dio paso a la preocupación por el cambio de neumático. Se sentía completamente incapaz de hacerlo, así que lo más fácil sería llamar a la grúa. Sólo tendría que esperar con paciencia.

  • La batería agotada del móvil, vino a complicarle más las cosas.

En aquel tramo de carretera no había farolas. Le inquietaba la oscuridad que comenzaba a envolverla. Empezaba a sentirse como la protagonista de una película de serie B. Divisó entonces a cierta distancia una casa solitaria, que parecía ser su única alternativa en varios kilómetros a la redonda. Caminó presurosa, echando algún que otro vistazo a su espalda, como si fuera a aparecer un perseguidor repentino.

Frente al portal, la vivienda parecía menos lúgubre, gracias a la luminosidad que desprendían sus ventanas. Se oía un poco de música, puede que la tele, lo cual agradeció. Esa relativa normalidad la instó a tocar el timbre. Una mujer de mediana edad y mirada bonachona le abrió con una tranquilidad pasmosa, tanto que la asombró.

Ni siquiera había soltado un precavido «quién es», como si fuera lo más natural del mundo que alguien llamase a su puerta a aquellas horas. Insegura, se lanzó en atropelladas explicaciones que justificaran su presencia, antes de preguntar si le permitía llamar.

  • La mujer, sin dejar de sonreír, alargó el brazo señalando un antiguo teléfono de rueda.

Tras facilitar los datos para que pudieran localizarla, colgó más tranquila. La amable señora había puesto agua a hervir para preparar un té, un detalle que le ayudaría a amortiguar la espera..

  • «Querida niña, tengo que contarte algo», empezó diciéndole mientras ella soplaba al humeante líquido que parecía reconfortarla.

«No es casualidad que hayas pinchado». Intrigada y boquiabierta sin poder hablar ni sorber, se limitó a esperar una explicación. «Verás, sé que llevas una vida gris. Sé que tienes muchos miedos e inseguridades. Me consta que crees haber nacido para meter la pata, pero esa no es la realidad. Cuando nacemos todos tenemos las mismas posibilidades por delante, un mundo abierto al descubrimiento, pero nuestro entorno es el que nos condiciona. Son las voces que te acompañan las que marcan la diferencia»

No tenía idea de a qué voces se refería, pero menos aún de porqué parecía conocerla tan bien.

«No estoy loca, niña. Las voces no están en tu cabeza, ni hablo de fantasmas. Me refiero a lo que escuchaste en tus primeros años. Normalmente suelen venir de los padres, pero en otras ocasiones pueden ser abuelos, tíos, maestros… en fin, los más cercanos. Gente que, sin saberlo, condiciona. A veces replican las mismas afirmaciones que ellos escucharon antes. El mensaje ganador, el más repetido, el que más influye, se convierte en la herramienta que hace que uno aprenda a volar o caiga en un agujero.»

«Querida, te contaron tantas veces que eras torpe que no te dieron la oportunidad de descubrir que no lo eras. Lo aceptaste como bueno y cortaste tus alas. Eso ha de cambiar.» La mujer levantó sus manos blancas y se las pasó con ternura por el pelo. Ella, dócil, se dejaba hacer. «Niña, esas voces desaparecerán. Quedarán tan sólo como un eco lejano pero sin efecto sobre ti. Mañana cuando despiertes serás libre para elegir quien quieres ser»

  • A lo lejos, el fuerte pitido de un claxon, le anunció la llegada de la grúa. Sin saber qué responder se limitó a dar las gracias, por la llamada y el té, marchándose a toda prisa.

A la mañana siguiente se despertó animada, pero lo más sorprendente fue el cambio de actitud que percibía en sus maneras con el transcurrir de los días. Sus actos ya no iban acompañados del habitual «no podré», «no me saldrá» «no irá bien». De hecho, sentía la seguridad en sí misma. Las voces negativas habían pasado a convertirse en débiles susurros a los que no prestaba atención.

  • Por eso, una semana después decidió volver a la casa.

Ignoraba si su misteriosa propietaria ejercía de vidente o de psicóloga, pero había detectado enseguida su punto débil. Lo menos que podía hacer era agradecerle el regalo que le había hecho en forma de autoconfianza. Al llegar al mismo punto de la solitaria carretera, comprobó que no había casa alguna. Retrocedió para asegurarse y retomó el mismo camino, pero allí no había ni rastro de su existencia.

Como la casa no estaba, le asaltaron dudas de si la experiencia -con llamada, té, conversación y solución incluida-, había sido real. Y sobretodo, qué o quién era aquella sabia mujer… Quizás nunca lo averiguase, por lo que no sería conveniente compartir esa historia con nadie. A pesar del desconcierto, no pudo evitar sonreír y agradecer porque pensándolo mejor, tanto daba. Sólo había una verdad.

¡Su vida había cambiado para siempre!.
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¡Hasta el próximo Post!

Fotografías a través de Pixabay.

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6 comentarios en «Voces»

  1. Me gusta tu relato.
    Hay que escuchar siempre las voces positivas, vengan de nuestro interior o exterior y hacer oídos sordos a las que no aportan nada.

  2. Me identifico con la protagonista. Ojalá encuentre alguna vez a esta señora! Aunque cada vez más segura de mi misma, sería maravilloso encontrarla. Besos

  3. Sé a qué voces se refiere el relato. Yo tengo muy presentes las de mi abuela. En algunas ocasiones vienen a mi cabeza y de alguna manera sé que me guia. Me ha encantado.

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