Tras la niebla

Continuación del Post «Niebla»

Sentada en la cama de su hotel en Old Town, en pleno centro de Edimburgo, se recomponía de las emociones de la jornada.

Si ilusionante había sido llegar a su admirada Escocia y toparse de frente con todos los escenarios que, sin haberlos pisado antes, resultaban familiares por su visión reiterada en revistas, televisión o internet; desconcertante a más no poder resultaban las extrañas visiones que había ¿imaginado? tras la repentina niebla en el Jardín Botánico.

  • La famosa novela del escocés Stevenson, le vino a la cabeza porque su estado de ánimo era tan bipolar como la personalidad de su protagonista, el «Doctor Jekyll y Mr. Hyde».

Tenía varios días por delante para disfrutar de su esperado viaje, pero alternaba la ilusión con un fuerte temor admitido a regañadientes por si se repetía la experiencia de aquella tarde.

  • ¿Volverían las visiones? ¿Qué las había originado? Peor aún era preguntarse si tendrían algún significado.

Alguien fantasioso le sugeriría pensar en una vida anterior, pero eso era totalmente descabellado para una mente racional.

Encendió una vela aromática que había encontrado entre las amenities del hotel, para hacer más relajada su lectura nocturna, pero no conseguía concentrarse y finalmente, desganada, como una niña castigada por mal comportamiento, y con el recuerdo de la oscura mazmorra provocándole un escalofrío, se metió en la cama temprano, sin cenar, autoconvenciéndose de que tras un sueño reparador superaría la impresión de aquel día tan intenso en todos los sentidos.

A la mañana siguiente la luz del nuevo día penetró en la habitación con el augurio de un tiempo soleado. Buen presagio, pensó, teniendo en cuenta que allí predominaba la lluvia. En ese instante, con los ojos ya bien abiertos, tras estirarse como un gato panza arriba, una sonrisa espontánea le devolvió la confianza.

¿Por qué tanto miedo por unos minutos de sugestión?

Lo más probable era que al mezclarse la impaciencia por conocer esa tierra mítica, con la visita al Lago Ness, el Castillo de Urquhart, y las mil lecturas de clanes, guerras, presos y fantasmas, hubieran creado la atmósfera propicia para hacer volar su imaginación. No debía ser la primera turista a la que le ocurría tal cosa.

En el buffet del hotel, se premió con un contundente desayuno para compensar que no comía desde el mediodía anterior. Huevos, salchichas, tomate asado y bacon, aparte de un café cargado, por si las proteínas no bastaran para esquivar debilidades.

  • Ese día lo pasaría en la capital, descubriendo la zona medieval.

Con la barriga llena, el cálido día y la promesa de nuevos descubrimientos en primera persona, ojeó rápidamente su guía de viaje. Primero a por el castillo de Edimburgo, después al Calton Hill y el Museo nacional. Tres imprescindibles. Tiempo habría en otro momento para echar un vistazo a la ciudad nueva, pero a ella lo que le entusiasmaba era lo monumental, con esas construcciones que transmitían tanto del pasado.

A través de la Royal Mile -la calle principal- se accedía a la impresionante fortaleza ubicada sobre una escarpada colina, cuya entrada estaba custodiada por dos estatuas que cualquiera podría identificar. No se precisaba ser historiador para conocer a William Wallace y el rey Bruce, famosos más allá de las fronteras escocesas gracias a la película Braveheart.

Tras fotografiar las magníficas figuras con selfie incluido, atravesó la entrada, dichosa por ser capaz de aparcar sus miedos más absurdos.

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