Tartas exprés

El nombre de aquel negocio nada tenía que ver con la manera en que se elaboraban las tartas, si no más bien con la forma en que su propietaria viajaba por la vida: con demasiada prisa.

Al menos siempre fue así, y sin percatarse de esa influencia, lo bautizó más como empresa de mensajería que pastelería de diseño. Pero eso era anecdótico. Más allá del nombre, cuando decidió lanzarse, supo que lo haría con absoluta dedicación. Disfrutaría inventando recetas, eligiendo ingredientes, creando nuevas formas, buscando delicadas u originales decoraciones… Se trataba de no trabajar mecánicamente tras años de oficio monótono. Para cada pedido se tomaría su tiempo; sólo trabajaría por encargo.

Lo suyo no serían los pasteles en serie, si no personalizados.

Su pequeño local estaba en el centro del pueblo, como si fuera el corazón del mismo. De hecho, allí se concentraba mucho sentimiento revestido de azúcar, una metáfora de ella misma, a pesar de que en alguna etapa de su vida, el estrés la hiciera parecer más dura de lo que era en realidad.

Tiempo atrás, cuando vivía demasiado ocupada, sólo en momentos puntuales se dedicaba a hacer pasteles, despertando la admiración de quienes la conocían, que no dudaban en alabar su buen gusto y mejor mano. Tuvieron que transcurrir varios años para que tomara consciencia de que esa cualidad era una oportunidad a su alcance.

A pesar de las dudas que le asaltaban, en un mundo en el que abundaban pastelerxs instagramers, la vida la acabó llevando a ese territorio azucarado por el que sentía pasión e ilusión.

Su local era pequeño, pero suficiente para recibir a los clientes. Cuando sonaba el tintineo del móvil, colgado sobre la puerta de entrada, salía a despachar, tomándose su tiempo con la persona que llegaba en busca de algo diferente. La dulzura con la que atendía propiciaba que, entremedias del encargo, acabaran explicándole intimidades, problemas que confiaban mejorar a partir de un postre excepcional.

Sí. La celebración podía ser un «simple» cumpleaños, una cena romántica, un reencuentro, un día de la madre…; pero tras unos minutos de charla se enteraba de que la cena era una reconciliación; la entregada madre estaba demasiado olvidada todo el año; o que el cumpleaños iba a ser diferente por la pérdida de un familiar muy próximo… Ella escuchaba, empatizaba, animaba y transformaba, esas inquietudes, en colores y sabores que conquistarían a los ángeles.

Se sentía artista aunque en lugar de lienzos usara moldes y en lugar de óleo, fondant. Y en todo lo que hacía, añadía un deseo.

No era consciente de poseer una habilidad fuera de lo común, pero la tenía. Al preparar sus dulces -desde las galletas más simples a las tartas más sofisticadas-, cumplía un ritual, que pasaba a ser un ingrediente esencial, secreto hasta para ella misma. Deseaba un cambio en la vida de aquellas personas.

Lo que sucedía era inexplicable: algo quedaba ligado al postre y la magia se activaba tras el primer bocado.

Quienes compraban esas tartas y pasteles, no precisaban soplar velas ni ir en busca de estrellas fugaces. Su existencia mejoraba al cumplirse ese íntimo deseo compartido con la amable pastelera. El distanciamiento se transformaba en pasión renovada; el vacío se tornaba en recuerdo; el descuido pasaba a ser atención…

El pequeño negocio no necesitó crecer ni crear franquicias millonarias para triunfar. El secreto de su éxito radicaba en esa pastelera tan especial, que por encima de modas, transmitía la felicidad a quienes disfrutaban de sus postres.

Dedicado a Paqui Bonilla.

¡Hasta el próximo Post!

Fotografías: Imágenes 1 y 5: S. Herman & F. Ritcher. Imagen 2 Free Photos Imagen 3 Moira Nazzari. Imagen 4 Jill Wellington. Imagen 6 Thomas B. Imagen 7 Congerdesign A través de Pixabay.

8 comentarios en «Tartas exprés»

  1. Que gran verdad…un trabajo como puede ser «efectuar un pastel», se convierte en un asesoramiento por la individualidad de cada caso…Precioso Elena…

¿Qué te ha parecido ? Comenta que te leo...