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Tercera parte, continuación de La Bibliotecaria y El Mueble.

Había transcurrido casi un año desde que publicó la novela y como en los viejos tiempos, el éxito volvía a sonreírle. De alguna forma lo intuyó nada más terminarla. Era una gran historia, encaminada a las buenas críticas y las reediciones.

Pero por algún motivo, el reconocimiento le era ingrato. Se sentía un impostor.

La dureza con la que se juzgaba podía parecer desmesurada. En ningún caso había ocultado como la idea nació de aquellas hojas manuscritas -aunque si la forma en que se le habían ido apareciendo-. Había procurado ser honrado. Durante la promoción habló del difunto autor de esas líneas que habían incitado la enrevesada trama. E incluso el libro contenía sus imágenes como evidencia. ¿Era suficiente prueba para no restarle méritos al Best Seller?

Finalmente no había regresado a la ciudad. Permanecía en la misma casa, como si se sintiera en deuda con su fantasmal compañero de escritura; o tal vez para no alejarse demasiado del enigmático mueble, que había supuesto un revulsivo en su aletargada carrera hasta entonces.

La vida, pasado el tiempo de la promoción -con entrevistas, presentaciones y firmas de libros-, había vuelto a la rutina. Y era agradable.

Un día, en el único bar del pueblo, oyó ciertos comentarios sobre la biblioteca de la población más cercana, a unos seis kilómetros de allí. Por lo visto, solía estar más concurrida que muchas cafeterías en la hora del desayuno. ¿El motivo? la joven bibliotecaria que estaba al frente y que con sus peculiares maneras -que iban de boca en boca-, la había puesto de moda.

No pudo evitarlo. Al día siguiente allí estaba, plantado frente a la puerta, antes incluso de que abriese. No era el único, ni mucho menos. Varias personas, de diferente edad y condición, charlaban animadamente. Algunos con libros que devolver y otros, con las manos vacías, para llenarlas de nuevas lecturas.

No tuvo que esperar demasiado para conocer a la misteriosa bibliotecaria. Su sola presencia causó revuelo. Era bastante guapa, pero sobretodo elegante y con una transparente sonrisa, que parecía incitar a contar hasta los secretos mejor guardados.

Al verle, le saludó con cierta expresión de evidencia, como si lo hubiera estado esperando.

Fue una sensación rara, aunque también lo era que ninguno de aquellos entusiastas lectores pareciera reconocerle. Aunque pensándolo mejor, quizás le ignorasen porque allí la verdadera estrella era otra: la que acababa de abrir las puertas de la biblioteca.

Dentro, descubrió una especie de ritual en el que los visitantes se sentaban a la mesa y hablaban -no en voz baja precisamente-, mientras ella les invitaba a unas galletas con muy buena pinta y les sugería nuevas lecturas en las que perderse. La escena parecía representar a una sacerdotisa con sus devotos, más que otra cosa.

El escritor, algo retraído, como si se hubiera colado en fiesta ajena, se dedicó a pasear entre las estanterías, curioseando entre los títulos disponibles, pero agudizando el oído para no perder detalle.

Unos minutos más tarde, la mujer se le acercó, admitiendo que le había reconocido y preguntándole si buscaba algo en particular. Ante su respuesta negativa, ella le contradijo: «Yo en cambio creo que sí. Lo que buscas son respuestas».

«La pregunta la tienes en mente hace tiempo, pero no sabes a quién formulársela. Te alegrará saber que has venido al lugar apropiado. He leído tu libro, magnífico por cierto. El argumento es tan interesante como la historia a través de la cual te llegó la inspiración. Hay muebles que guardan sorpresas -sonrió, mientras le guiñaba un ojo-. No te sientas mal en absoluto. No eres ningún impostor, sólo un autor que se reencontró a sí mismo, gracias a una ayuda especial».

Boquiabierto, entre incrédulo y deslumbrado, sin saber cómo enfrentarse a las afirmaciones de aquella mujer, se limitó a agradecer el alivio que le proporcionaron sus bonitos labios.

No tenía ni idea de dónde venía ni quién era, pero resultaba tan enigmática que sería un buen tema para otro libro. Su vida estaba dando mucho de sí en los últimos tiempos. Sonriendo, fue tras ella, que le ofreció una de sus tentadoras galletas. La guinda de un día perfecto.

¡Hasta el próximo Post!

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