Pesadillas

La nueva afición de la joven Adrie era la jardinería, algo nada habitual en edades tan tempranas. No sólo era un amor aprendido, contagiado por su progenitora, si no también explicado por sus orígenes ya que al fin y al cabo por sus venas corría sangre polinesia, una raza muy ligada a la madre tierra.

Tiare, cuyo nombre significaba flor en su lengua natal, aunque nunca se arrepintió de marcharse con el que fuera su marido, en el fondo de su corazón seguía sintiendo la añoranza de su tierra casi mágica.  Tahití, situado en el lejano Pacífico sur, bien podía parecer el paraíso en la tierra al igual que el resto de islas y atolones de los cinco archipiélagos polinesios.   Por eso en Holanda, se volcó en buscar contacto con todo lo que la naturaleza del país le podía ofrecer. A pesar de la acomodada posición económica familiar, con personal contratado para los cuidados del amplio terreno que bordeaba su hogar, era ella quien se ocupaba personalmente del jardín. Su particular arco iris de color en un trozo de tierra. Era una afición que le daba aire a su espíritu, aunque seguían faltándole el agua transparente, los corales y las flores exóticas de su país.

Cuando Adrie nació se convirtió en la sombra de Tiare, que proyectó en ella su forma de ser, dulce y curiosa. Por las noches, le gustaba contarle historias para que conociera también sus orígenes lejanos. Leyendas con magia, como la de la mítica Isla de Hawaiki, que los polinesios relataban convencidos de que había emergido desde el fondo del océano, dando lugar a la vida en la tierra.  Al empezar a andar tenía su lugar junto a ella en el jardín, donde Tiare la sentaba  sobre una manta para dejarle tocar la tierra y sentir el aroma de las flores, mientras ella podaba, abonaba o trasplantaba. Y allí aprendió, primero observando y luego poniendo en práctica lo que necesitaba cada especie. Entendió el lenguaje secreto de las plantas. 

También paseaban mucho los tres juntos a lo largo y ancho del país. Basten, que sabía de las añoranzas de su mujer procuraba buscarle sitios bonitos que la hicieran sentir feliz. Por eso la llevaba a todos los campos de flores multicolores, que había entre La Haya y Amsterdam. Sobre todo, en los meses de abril y mayo, en los que hacían las rutas de flores bulbosas, entre Haarlem y Leiden, al norte de Hoorn, alrededor de Den Helder  y Breezand.

Con todo ese bagaje a sus espaldas, conectar un rato con la naturaleza era casi una adicción,  por lo que cada tarde tras sus horas de estudio escolar buscaba el momento para perderse en su paraíso particular. Se había adueñado por así decirlo del amplio invernadero, donde ponía en práctica algo aprendido en un libro nuevo que hubiera llegado a sus manos. Bulbos, esquejes y semillas, para cuidar, sembrar, experimentar y descubrir.  A pesar de su juventud tenía muy claro lo que deseaba ser en el futuro.  Iba a estudiar la carrera de biología con orientación en botánica, y sus padres la apoyaban convencidos de que así tenía que ser, ya que sus manos hábiles para ese trabajo, su mente despierta y su temperamento inquebrantable, no permitirían oposición al respecto.

Así transcurrió un tiempo feliz, en el que sólo una cosa ensombrecía su vida: las pesadillas.

A lo largo de aquellos años la misma escena invadía sus noches una vez y otra. Se veía a sí misma llorando, recorriendo a grandes zancadas un paraje oscuro, en una especie de huida desesperada. Alguien no la quería ¿pero quién? Tenía que  hacer algo para recuperarlo ¿pero el qué? De repente un gran dolor la invadía. Veía sangre… todo era rojo a su alrededor, todo era dolor hasta que se despertaba.  No eran imágenes o vivencias que pudieran identificar, pero de alguna forma las sentía ligadas a sí misma. Creció intentando ignorar su significado, con la esperanza de que se irían desvaneciendo con el paso del tiempo. Pero no pudo. El sueño era lo suficientemente duro y reiterativo para que parte de su esencia se perdiera por el camino, oculta tras unos sentimientos ajenos que ella interpretó como suyos propios…

La felicidad absoluta es una utopía. La joven Adrie y sus pesadillas lo demuestran.


3 comentarios en «Pesadillas»

  1. Aplaudo la idea que has tenido de dar a conocer tu libro así poquito a poco, te quedas con ganas de más aunque yo ya he tenido el privilegio de leerlo, me encanta recordar esos pasajes

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