Perdidos

Hay días que uno se levanta y lo sabe.

Sabe que tendría que meterse de nuevo en la cama y dejar pasar las horas hasta que llegase un nuevo amanecer, pero no siempre esa convicción sirve para eludir las obligaciones. Se acaban poniendo los pies en el suelo.

Ese día uno de sus mejores amigos se casaba en la capilla de uno de los pueblos más alejados de la capital, lo que implicaba un largo trayecto por delante. Por suerte había localizado un camino alternativo que le ahorraría tiempo.

Compartía viaje con Raúl y Eli, dos buenos amigos, desparejados como él mismo, que a falta de acompañantes habían decidido ir juntos al evento. Los tres, de tiros largos. Ella, sofisticada, vestida de azul eléctrico y ellos, niquelados con sus respectivos trajes.

  • No sabía el motivo, pero la angustia parecía haberse acomodado a su lado en el vehículo. Prefirió callar para no aguarles la fiesta.

Y allí estaba, conduciendo lo más concentrado que podía por aquella carretera secundaria (quizás llamarla así era ser generoso), con el ceño fruncido, ignorando las bromas de sus acompañantes.

De repente un aparatoso ruido, que casi simulaba un estertor, les anunció una inoportuna avería.

Si bien era cierto que el coche, heredado de su padre, era casi era un reliquia, había invertido mucho dinero en chapa, pintura y motor, para dejarlo como salido de fábrica. Le fascinaban los coches antiguos y estaba orgulloso del resultado. Por eso no comprendía cómo podían haberse quedado tirados en mitad de la nada. Automáticamente encontró el sentido a su mal cuerpo: algo iba a salir mal.

  • «¿Qué ha sido eso?, ¿sabes cómo arreglarlo?, ¡Llama a la grúa o no vamos a llegar!»

Preguntas, dudas y propósitos que se quedaron en proyectos al comprobar con desesperación que ninguno de los tres tenía batería en el móvil, como si fuera el fruto de alguna enigmática coordinación con el coche.

Una inquietante casualidad que llegó al climax de las rarezas cuando se dieron cuenta, ojipláticos, que sus relojes de pulsera se habían quedado parados.

La noción del tiempo y el lugar parecía dispersarse en aquel espacio boscoso, que no sólo no les había ahorrado tiempo, si no que les provocaría perderse la ceremonia salvo que ocurriera algún milagro.

Con los taconazos de Eli era complicado iniciar una caminata hacia su destino, así que se ofreció a ir él personalmente en busca de ayuda, mientras ellos esperaban en el coche por si pasaba otro vehículo. Así tenían más opciones de solucionar aquel imprevisto.

Anduvo un buen rato. La temperatura, algo alta para la zona, le instaba a cobijarse bajo la sombra de los árboles, pero finalmente acabó aflojándose la corbata y quitándose la americana. Apretaba el paso sin resultado, porque seguía sin divisar el pueblo ni alma alguna que transitase por el lugar. La carretera parecía estrecharse y hacerse más angosta por momentos.

  • Recordó de nuevo como esa mañana quiso no levantarse y lamentó no haberse hecho caso.

Instintivamente giró la muñeca para consultar la hora pero el reloj permanecía estático. No sabía cuanto estuvo caminando, pero sí que empezaba a agotarse, no sólo físicamente si no también su paciencia. Pudo imaginar a sus amigos hastiados como él mismo.

De repente divisó a lo lejos un coche parado, o más bien podría decir tirado, cubierto de verdín y óxido, como si llevase allí media vida. ¿Cómo podían haberlo dejado en mitad de la carretera?

¿Nadie había ido a por él?, ¿por qué no lo habían apartado para que no estorbara a la circulación?, o quizás la pregunta correcta era ¿qué demonios era ese lugar?

Los relojes parados. Los móviles sin batería. El coche averiado… allí todo parecía quedar detenido. Los latidos del corazón le indicaban que estaba al límite, casi entrando en pánico. No fue consciente de que en lugar de caminar había empezado a correr, desesperado por perder ese lugar de vista.

  • Quería volver a ver humanos, pueblos, vehículos. Quería regresar a por sus amigos. Quería poder disfrutar de esa boda y reencontrarse con la realidad.

Un repentino mareo le hizo detenerse, respirando con dificultad, hasta que una fuerte opresión y dolor en el pecho le hizo caer al suelo, fulminado.

Se despertó en el hospital. Desorientado. Alrededor de la cama estaban sus amigos, Raúl, Eli y hasta los novios, que preocupados por su estado habían ido a verle. Era el día después de la boda.

  • Supo entonces lo ocurrido.

En el trayecto había sufrido un infarto que casi le costó la vida y que le provocó un accidente, al ir directo contra un árbol. Gracias a la rápida reacción de Raúl cogiendo el volante, evitó males mayores. Por fortuna sus amigos resultaron ilesos y pudieron llamar a emergencias.

La cercanía del pueblo, más próximo de lo esperado, fue crucial para salvarle la vida. La ambulancia llegó a toda prisa y en los primeros auxilios pudieron reanimarle, tras unos tensos momentos en los que su corazón dejó de latir y parecía que iban a perderle.

La enfermedad congénita que desconocía padecer, causante del fallo cardiaco, le aseguraron que tenía buen pronóstico con el tratamiento adecuado. Iba a poder recuperarse.

Ese lugar sin tiempo. Ese camino sin salida. Ese terror a lo desconocido no había sido sólo metafórico. Había caminado y perseguido la vida, allá donde estuviera mientras mantuvo los ojos cerrados.

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