Paz en el temporal

Vivir en el Mediterráneo es como pertenecer a la luz. Días radiantes, cielo azul y aguas cristalinas en un mar único, con parajes que nada tienen que envidiar al Caribe.

Aunque cuando tienes algo al alcance de la mano puede que relativices su importancia y busques lo contrario, para ampliar miras y horizontes, que no por diferentes son menos bellos.

Por eso, ese año tan complicado en lo familiar, en el que había perdido a su hermano, quería romper con su entorno habitual para dejar atrás el dolor, ¿y qué mejor para ello que un viaje?

Eligió la lejana Islandia, salvaje, casi inhóspita, sin la masificación mediterránea y con la naturaleza haciendo ostentación de poder. Una tierra de pocos bosques donde reinaban los volcanes.

Aunque uno de sus grandes atractivos eran las auroras boreales, su escasa tolerancia al frío le hizo preferir el verano, también sobrado de belleza con su sol de medianoche, deslizándose sobre el horizonte entre intensos tonos rojos y dorados.  Su destino era Vík, a unos ciento ochenta kilómetros de la capital, Reikiavik.

Había reservado habitación en un hotel tipo Cottage, a escaso medio kilómetro de las famosas playas de arena negra. La decoración minimalista y elegante de la cabaña, resultaba perfecta, con la montaña a su espalda dándole cobijo, como si fueran unos brazos dispuestos a protegerle de las inclemencias del viento o el frío. Además, Vík resultaba una población agradable, de pocos habitantes, en la que destacaba la Iglesia de tejado rojo, con una alta torre, pequeños comercios y poco más.

Viajaba sola pero no era tan valiente como para adentrarse en una naturaleza inhóspita en solitario, por lo que se había apuntado a un grupo de senderismo. Uno de los objetivos principales eran las playas de Vik y Reynisfjöru, sin duda, uno de los paisajes más fotografiados de Islandia, con esas arenas volcánicas tan impactantes, pero también perseguidas por muchos de los seguidores de la serie Juego de Tronos, como lugar de rodaje de algunas de sus escenas.

  • Las excursiones que iba a hacer y que seguro serían agotadoras, le ayudarían a desconectar de sus lastres emocionales.

Empezarían con el plato fuerte, los pitones de roca de Reynisdrangar, imponentes desde los acantilados de Reynisfjall, a unas dos horas de distancia. En esas playas, que parecían ser de otro planeta, no estaba permitido el baño por la temperatura, las fuertes corrientes y el oleaje. La ruta se prolongaba hasta el Arco de Dyrhólaey, situado a un kilometro al oeste y al llegar al faro se terminaba el recorrido para iniciar el regreso hacia Vík.

  • Comprendió enseguida el porqué del cartel que prevenía a los turistas para que no dieran la espalda al mar.

El día, que comenzó tranquilo, en apenas un par de horas se transformó en ventoso, dificultando la caminata y dando una mayor sensación de desolación a la zona. Las olas amenazaban con tragarlos si se acercaban demasiado y mientras, la poderosa bruma les iba empapando, haciendo casi inservibles los chubasqueros.

Y de repente le vio.

Su silueta a cierta distancia podía confundirse con la de cualquiera, pero al aproximarse, mientras el resto del grupo continuaba inmerso en sus fotos y charlas, ella contemplaba a quien nadie más podía ver.

Su hermano, el marino experto, que había batallado y vencido temporales peores que aquel, pero que perdió contra la enfermedad, le hacía saber que no era necesario haberse ido tan lejos para encontrarle; que podía dejar salir el dolor pero ya no había porqué.

Él estaba tranquilo, disfrutando de la belleza del mar embravecido sin ningún peligro que temer. Levantó la mano para despedirse y regalándole una sonrisa, desapareció.

No compartió la experiencia con quienes no podrían entenderla. Ese mar bravo pareció llevarse su frustración para regalarle serenidad.

Islandia era preciosa pero quería regresar a su Mediterráneo. Dejar atrás la arena negra para volver a recuperar la luz, que ahora sí volvía a pertenecerle…

¡Hasta el próximo Post!

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