Mi derecho

Hay afirmaciones que nos debemos decir y sobretodo creer: «merezco ser feliz; descansar; sentir amor; olvidarme del reloj; ser mi primera obligación; descubrir mis aficiones olvidadas o las no aprendidas; e incluso tengo derecho a pedir la luna, si la deseo.»

AHÍ VA UNA GOTA DE FICCIÓN

Era una mujer como tantas, de mediana edad, de las que madrugan y faenan sin parar. Una mujer luchadora, que no incansable. Valiente, que no inmune al miedo. Decidida, pero no tanto como para colocarse en el lugar que le correspondía.

Habían pasado los años y se sentía algo gris frente al espejo, pero no sabía que el espejo no miente, sólo cuenta lo que le dejamos.

Había hecho oídos sordos al reflejo que le hablaba de olvido y le exigía más atención.

Un buen día su hija mayor, le hizo un regalo.
Era un precioso juego de plata antiguo, que le debía haber costado una pequeña fortuna. Le contó que el vendedor le había asegurado que era muy especial y que cuando lo usara lo hiciera en un contexto bonito, tal y como merecía.

Le hizo tanta ilusión, por lo inesperado y lujoso -porqué no admitirlo-, que creó alrededor de él una especie de ritual, y todas las tardes, religiosamente, cuidando hasta el más mínimo detalle, se tomaba su té con leche con una deliciosa pasta.

Esos momentos parecían estar impregnados de algún tipo de magia, porque el tic tac del reloj parecía ralentizarse y ella se sentía como la protagonista de una nueva historia que alguien estuviera escribiendo.

Con el transcurrir de los días comenzó a sentirse diferente.

Parecía que tuviera mariposas en el estómago, como esas de las que hablan los enamorados; o burbujas como las que provoca la excitación por algo nuevo.

Por las mañanas, el espejo le devolvía el reflejo de un nuevo brillo en sus ojos; para recordar algo parecido debía remontarse muchos años atrás. Esa luz interior le reclamaba acción, y no precisamente la que iba ligada a la rutina de las obligaciones, si no la que tenía que ver con los sueños dormidos, que se estaban desperezando.

Algo inquieta por sus nuevas sensaciones, no pudo evitar asociarlas al único cambio en su vida: su momento del té. Decidió preguntarle a su hija sobre el lugar en el que había comprado el regalo.

La tienda era un lugar tan lleno de encanto como de cachivaches. Se podían ver detalles preciosos aquí y allá, pero también polvo y desorden. Libros viejos y cristales centelleantes. Piezas exclusivas y trastos viejos…

«Disculpe, mi hija le compró un juego de café de plata, quizás lo recuerde…»

El hombre sonrió y mirándola por encima de sus gafas, que se aguantaban milagrosamente apoyadas en la punta de su nariz, le respondió.

«Umm, sí, desde luego. Era una de mis piezas más especiales. Ese juego tiene mucha historia tras de sí. Una herencia disputada, un robo.., pero al final acabó en mi tienda, y según cuentan, hay mucha magia en esas piezas.»

Se cree que su primera propietaria, fallecida mucho tiempo atrás, seguía ligada de algún modo al juego, aunque bien pueden ser invenciones porque tal cosa no puede demostrarse. Lo que sí se puede demostrar -afirmó- es que contar con un objeto exclusivo como este puede desencadenar todo tipo de momentos especiales…

Regresó a su casa sin haber podido desentrañar el misterio, pero convencida de que tal como sugirió el hombre -y como ya sospechara-, ese juego de plata había sido el origen de su nuevo estado.

Como si mientras bebía ese té, sorbo tras sorbo, hubiera buceado en su olvidado interior…

Ese tiempo exclusivo y con un toque elegante, tan diferente a su aburrida vida cotidiana, desató la chispa que alimentó su ansia por conquistar otros momentos únicos.

Entendió que era bonito cuidarse y que no era egoísta si no que la hacía más fuerte. Supo que había mucho por descubrir de sí misma y que hacer partícipes a quienes estaban a su alrededor, significaría compartir su estrenada felicidad. Aprendió a verse en el espejo con todas las letras; no sólo para peinarse si no para buscar una mirada inquieta y una mente abierta a la búsqueda. Comprendió que la vida era sólo una y había que aprovecharla al máximo.

Ya no era gris. No estaba triste. Cada día, con sus horas y minutos, tenían espacio suficiente para ocuparse de las obligaciones sin dejarse a sí misma aparcada en la sombra.

Podía reclamar sin culpa su derecho a ser protagonista de su vida.

Así que, aunque fuera en pequeños sorbos, como los de su té de las tardes, seguiría recordándose cada día, todas las cosas buenas que merecía.

Fotografías. Imagen 1 Stefan Keller – Imagen 2 Mohamed Hassan – Imagen 3 y 4 Jill Wellington – Imagen 5 Rudy and Peter Skitterians – Imagen 6 Engin Akyurt – Imagen 7 Jill Wellington. A través de Pixabay

¡Hasta el próximo Post!

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