Madre

Continuación del Post «Niebla» y «Tras la Niebla»

A pesar de que el Castillo de Edimburgo era uno de los monumentos más famosos del país, no estaba preparada para el tropel de gente que, como ella misma, habían elegido ese día para visitarlo. La marabunta humana, sin pretenderlo, restaba encanto a la sobriedad de la imponente fortaleza.

Dentro del extenso recorrido permitido destacaban diferentes museos militares, con los que era inevitable empaparse de la historia de tantísimas batallas. Figuras a tamaño real simulando escaramuzas, perfectamente recreadas con las indumentarias propias de cada época; infinidad de espadas y otras armas medievales o contemporáneas; espléndidos escudos de armas, pintados en las paredes o labrados en la madera; armaduras que relucían brillantes; óleos en los que los kilts escoceses coloreaban las más famosas refriegas; y cómo no, retratos de los monarcas que habían nacido, reinado o fallecido entre sus paredes. Todo aquello formaba parte de la indeleble historia de Escocia.

Le llamó poderosamente la atención algo tan inusual como el cementerio de mascotas de los soldados, pero su estancia favorita resultó ser la preciosa Capilla de Santa Margarita, que databa de 1130 pero que fue restaurada en el siglo XIX. Era tan diminuta como luminosa, un perfecto contrapunto a tanta sobredosis guerrera. Casi todo le parecía digno de capturarse y tomaba incesantemente fotos, a sabiendas de que a posteriori tendría demasiado trabajo para escoger las mejores.

El estruendo de la explosión del cañón de la una, tal como le llamaban porque desde 1861 disparaba cada día a esa hora como señal para los barcos que se aproximaban al puerto, la sobresaltó y le hizo percatarse de lo rápido que había transcurrido la mañana. Había sido imposible verlo todo porque, a ratos, se había visto arrastrada por la gente que provocaba cierto colapso, así que decidió que tenía suficientes recuerdos para llevarse.

  • Al pasar de nuevo por la gran explanada divisó el pozo de las brujas, que captó su atención de inmediato.

Se trataba de una pequeña fuente de hierro en la que diferentes figuras simbolizaban la lucha entre el bien y el mal. Pudo leer como en los años más oscuros, entre el siglo dieciséis y diecisiete, fueron muchas las brujas que se quemaron allí, más incluso que en tiempos de la aterradora Inquisición española.

En ese mismo instante, el desconcertante recuerdo del Jardín Botánico regresó junto a ella para quedarse. No había niebla pero las piernas le temblaron como preludio de una nueva experiencia ajena al presente. Como entonces, el murmullo de las conversaciones de los que andaban cerca se perdió en la lejanía, quedando en su lugar un escalofriante bombardeo de súplicas y gritos. Algunas mujeres lloraban, resistiéndose sin éxito en su camino hacia la hoguera. En la explanada, piras preparadas a tal fin, hablaban de dolor y muerte, provocando escalofríos con su sola visión.

De algún modo se sabía espectadora, no protagonista. De algún modo, se supo una niña a la que las lágrimas surcaban el rostro. Una niña a la que se le rompía el alma al ver a su madre dirigirse a la muerte sin que nadie pudiera impedirlo.

  • Su larga cabellera rojiza le tapaba el rostro pero, como si tuviera un sexto sentido, levantó la cabeza lo suficiente para buscarla entre la multitud y transmitirle con su mirada una triste despedida.

Pudo sentir como alguien la cogía de la mano y le susurraba que le acompañara. Asustada se dejó llevar por la mano amiga. Era una anciana de cara rechoncha, vestida de forma sencilla, que la observaba piadosa sin dejar de estirar de ella, urgiéndola a dejarse llevar a algún lugar seguro. O tal vez, eso no existía y sólo quería evitarle el trauma de ver con sus propios ojos el trágico final de su querida «máthair».

Aquella escena representaba el comienzo de una vida de huidas y miedos, marcada por una pérdida tan injusta como traumática. Esa noche la sacaron de bruces de la inocencia infantil para dejarla caer en las redes del odio.

No. Fueran lo que fuesen todas aquellas visiones no era reales. Hacía un día soleado en Edimburgo. La gente paseaba feliz disfrutando del paisaje. Ella no era escocesa. Su verdadera madre vivía tranquila en España…

Por primera vez, maldijo esas vacaciones que le estaban hablando de un pasado que no quería conocer.

3 comentarios en «Madre»

  1. Hola de nuevo…por fin unos momentos para reanudar la lectura de tus «entradas».
    Esta vez la encontré muy distinta, mística me llamó la atención su final.
    Como siempre…me sigues sorprendiendo!!!

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