La anciana

Aquella mansión que parecía el vestigio de un tiempo glorioso la dejó sin palabras. Caminaba por el largo paseo frente a la playa, bordeado en primera línea por infinidad de casas señoriales, casi todas en perfecto estado de revista, pero ninguna de ellas le hacía sombra a ese antiguo palacete.

Fue amor a primera vista, a pesar del abandono que se le intuía.

Por su aspecto, bien podía cumplir con el prototipo de casa encantada. Enormes ventanales y miradores tras los que no parecía haber vida, incitaban a fantasear preguntándose sobre su propietario y porqué desaprovechaba su magnificencia. Si resultaba demasiado grande para vivir, una suculenta venta permitiría su transformación en hotel o quizás en elegantes apartamentos que se cotizarían costosamente.

No fue la única que se detuvo a curiosear. Otros tomaban fotografías tras la verja, porque su imagen era un reclamo en muchos aspectos. En su jardín proliferaban las malas hierbas y los arbustos ornamentales crecían irregulares reclamando los cuidados de un buen jardinero, pero de algún modo, todo ello se compensaba con la presencia de hermosas hortensias que florecían orgullosas, mitigando con su color la dejadez del lugar.

Mientras permanecía enfrascada en su contemplación, sintió un golpecito reiterado en el hombro que la sobresaltó. Se trataba de una anciana de amable apariencia que con voz dulce le preguntó si estaba interesada en comprarla. Eso respondía a sus propias elucubraciones. Finalmente iban a sacarle rentabilidad a la propiedad.

  • Se aventuró a responder un rotundo sí, omitiendo que ni en sueños podría permitírselo. Decidió adoptar falsamente la identidad de una caprichosa millonaria.

La señora le invitó a seguirla, y dócilmente fue tras ella intentando mantener su ritmo, el del caminar lento y pausado propio de la vejez.

Se sentía como una niña traviesa que se exculpaba por mentir, extasiada ante las espléndidas salas y habitaciones que le iba mostrando.

Si desde fuera sólo se intuía oscuridad, el interior llevaba la contraria mostrando luz a raudales. Además, las enormes cristaleras parecían pintadas con los colores del asilvestrado jardín.

Se notaba que la anciana disfrutaba al evocar recuerdos, mientras le detallaba con todo lujo de detalles para qué había utilizado cada una de las estancias. Pero había algo curioso en ella, porque más allá del melodioso timbre de su voz y el aspecto de abuelita encantadora -con su pelo blanco casi albino y sus vivarachos ojos claros-, resultaba tan ligera que parecía casi etérea.

En un principio, había dado por sentado que la anciana vivía allí pero al comprobar la escasez de mobiliario, y el mal estado del existente, con demasiado polvo y el desgaste característico de un lugar deshabitado, osó preguntarle si vivía cerca. Para su sorpresa, la mujer afirmó que aquel era su hogar.

Después sentenció que, muy a su pesar, comprendía que la casa ya le resultaba demasiado grande, demasiado vacía, demasiado solitaria y que era el momento de dejarla.

Desconcertada por la respuesta, y no menos incómoda por tener que confesarle a la amigable anciana que no podría comprar su casa jamás, intentó pensar en qué excusa inventar, mientras recorría con la mirada el magnífico mirador que intuía perfecto para pasar relajados atardeceres entre flores y libros.

Al volverse descubrió que la anciana se había evaporado, tan rápido como los sueños de grandeza en los que compraba la mansión.

Resultaba imposible que con su lento caminar se hubiera ido en un tris. Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Podía ser que la anciana nunca hubiera estado allí? No. Todo aquello había sido real de algún modo. Ella le permitió entrar, le enseñó la casa, le explicó cada detalle, aunque también reconoció que era el momento de marcharse.

Pudo entender que en realidad, aquella anciana hacía mucho tiempo que se fue aunque por lo visto, no del todo.

Con una mezcla de miedo y emoción, decidió marcharse por donde había venido, con paso apresurado y una historia que contar.

Fotografías Pixabay

¡Hasta el próximo Post!

7 comentarios en «La anciana»

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