Extrañas amistades

Continuación de Magia en frasco y La Escalera de Caracol

El hotel quedaba lejos, aunque no lo suficiente. Suponía que por eso aún sentía el eco del miedo royéndola por dentro; o no.

Quizás era cuestión de tiempo más que de distancia. La cura para relativizar las extrañas circunstancias que la impelieron a abandonar ese trabajo; a priori, perfecto. Por otro lado, sentía cierto bochorno al pensar en el regreso a su tierra, tan sólo un par de meses más tarde y sin una explicación razonable para oídos incrédulos.

Prefirió darse un tiempo mientras decidía qué hacer con su vida.

Se alojó en una sencilla casa rural dentro de la misma provincia. El pueblo al que pertenecía se llamaba Los Arces de San Pedro. Era bonito aunque imperfecto, a su modo de ver, porque no se divisaba mar ni se respiraba el olor del salitre, pero resultaba económico lo cual era una ventaja a tenerse en cuenta.

Cinco días llevaba en la casa en la que, debía admitir, se comía de lujo; pan recién horneado cada mañana, frutas y verduras del huerto, leche fresca y huevos de sus propios animales. La sencillez del entorno otorgaba el sabor de antaño, que más allá de su cocina, empezaba por el cantar madrugador del gallo; o los paseos por el lugar, que terminaban siempre con algunas confesiones al gato, morador habitual de la desgastada verja de madera. Y a pesar de tanta bonanza, no podía dejar de mirar inquieta a su alrededor.

En momentos fugaces regresaba la angustia de sentirse observada.

Las punzadas del miedo iban y venían. Un ruido extraño del que no averiguaba su origen; el reflejo de una sombra en el espejo; un escalofrío repentino… poco bastaba para convertir la tranquilidad en sobresalto. Comenzaba a pensar que la presencia que intuyó en el hotel decidió perseguirla en su huída.

La dueña de la casa era una mujer sabia, de esas que en los pueblos parecen estar al tanto de todo y de todos; que conoce historias y desprende experiencia. Desde el principio se percató de su inquietud.

Fue a base de paciencia y sutileza como le rascó la coraza del secretismo, hasta que le confesó sus preocupaciones. Tras escucharla con calma, sin inmutarse casi, afirmó que a ella no le asustaban esas cosas; que en todas las familias había historias de ese tipo…

«Yo no puedo ayudarte, pero conozco a quien si podrá».

Le habló entonces de una chica que vivía en una de las casas colindantes con el bosque. Era muy querida en el pueblo por su peculiar forma de ser. Los vecinos la consideraban el oráculo al que consultar cualquier circunstancia extraña, mala suerte continuada o suceso paranormal.

«Ve a verla de mi parte. Puede ser tu solución»

Curioso. No le recomendaban a un cura para exorcizar espíritus si no a una chica con una tienda de productos esotéricos. Algo así como una bruja blanca. Desconocía si sus artilugios o poderes tendrían algún efecto sobre los fenómenos que le acontecían, pero de perdidos al río, pensó.

Tras llamar un par de veces a su puerta, se encontró frente a una chica pelirroja y risueña, que le cayó bien de inmediato y le hizo olvidar la vergüenza. Sin dar demasiados rodeos, le explicó quién la enviaba y para qué.

Compartieron un té como si fueran viejas amigas. No había tensiones a pesar de lo extraño de la situación, e incluso pareció lo más natural del mundo que le propusiera echarle las cartas para averiguar qué estaba ocurriendo. No hicieron falta muchas tiradas para indicarle que efectivamente estaba acompañada, pero que se trataba de algo más complejo que el haber estado en un lugar encantado.

«Verás: tienes algo especial, eres capaz de contactar con lo invisible».

Se negó en redondo a aceptarlo. Jamás le había ocurrido nada similar, antes de su estancia en el hotel. «La explicación es simple – le argumentó la chica -. Puedes tener un don pero no haberlo activado. Por algún motivo, esta región tiene mucha concentración de energía y despierta en ciertas personas sensibles este tipo de experiencias».

La pregunta es: ¿quieres que te enseñe a manejar este don?»

¡Hasta el próximo Post!

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