El tren a ninguna parte

Empezó a escuchar historias sobre ese tren unos meses antes. Primero fueron ciertas noticias que circulaban por internet y que como tantas otras no parecían más que fake news. Más tarde, en algún programa de radio versado en temas inexplicables, daban su versión sobre el tren, con la presencia de testigos de primera, segunda o hasta tercera mano. Eran testimonios sorprendentes que relataban como por lugares sin recorrido ferroviario habían visto pasar una especie de tren fantasma. Nada creíble para una mente racional.

Explicaban que su silueta pasaba etérea, rápida, oscura, acompañada del sonido de sus ruedas sobre los raíles, sólo parando cuando tenía que subir un nuevo pasajero.
  • Tiempo después, cuando aquello parecía casi olvidado, ocurrió algo.

Era una fría noche de invierno, y se encontraba en la casa familiar que tenían en la montaña. El silencio de fondo sólo se rompía por el crepitar del fuego de la chimenea, cuando comenzó a escuchar un pitido lejano que le recordó a las antiguas locomotoras que había visto en fotografías y que hablaban de tiempos pasados.

Por momentos el sonido se iba escuchando con más claridad, síntoma de su aproximación. No pudo evitar pellizcarse para ver si todo aquello formaba parte de un sueño, pero el dolor del pellizco hablaba de consciencia, así que se levantó de la cama casi de un salto, yendo a asomarse a la ventana del dormitorio.

Afuera, la oscuridad dejaba entrever con nitidez las estrellas en el cielo despejado y la luna llena bañaba en plata todo el paisaje nevado. El sonido del traqueteo del tren que se acercaba, cada vez más ruidoso, parecía no afectar a los demás miembros de la familia. Su marido respiraba profundamente soltando pequeños ronquidos al moverse. Y al pasar frente a las habitaciones de sus hijos pudo comprobar que igualmente descansaban plácidamente en pleno sueño nocturno. Y allí estaba ella, ojiplática, viendo desde el salón como el tren se detenía justo delante de su casa, que además estaba solitaria en varios kilómetros a la redonda.

Hipnotizada, como si alguien la llevase de la mano, sin pararse a pensar en lo que estaba haciendo, se plantó el abrigo y las botas para salir al frío exterior que debía estar a varios grados bajo cero. Como si la tiritona que le entró no le perteneciera, caminó hasta plantarse junto al tren. Parecía que apenas tocaba el suelo, como si flotara y el rail fuera igualmente ficticio. Alargó el brazo para tocarlo, segura de que no habría contacto y que traspasaría el metal como si estuviera hecho de humo, pero resultó ser consistente, real, y estaba tan helado como se sentía ella misma, no sólo por la baja temperatura si no por lo rocambolesco de aquella situación.

Dudó si volver a pellizcarse pero no hizo falta, porque la puerta se abrió y alguien tiró de ella, haciéndola subir a la máquina. No sabía si aquella experiencia era paranormal o se trataba de algún cortocircuito en su cabeza, pero ahí dentro, sentados en las butacas rojas, había más de quince pasajeros, tan atónitos como ella misma, preguntándose a dónde iban.

  • Estaban en el misterioso tren sin destino, que seleccionaba a sus pasajeros entre los que creían que su vida no tenía sentido.

Y es que si alguien les hubiera preguntado, habría encontrado ese nexo común. Los allí sentados llevaban tiempo perdidos en sus propias existencias. Algunos desesperados recurriendo a pastillas, otros dándose a la bebida, y el resto, como ella misma, vacíos de objetivos, buscando el resorte que le hiciera reaccionar para salir de la apatía. Se sentó dócil, asustada y alucinada a la vez.

El tren había alcanzado su velocidad máxima y marchaba raudo en busca de más seres perdidos. Aquellos que tenían que ir a ninguna parte antes de retomar un nuevo camino en sus vidas.

El pitido del tren anunció que haría una nueva parada. Se miraron interrogantes, sin saber si decidirse a bajar o seguir sentados, a la espera de que alguien les sacará del bloqueo. De repente, en lugar de detenerse, una fuerte y brusca sensación de vaivén fue el preludio de un accidente inevitable.

  • Gritaron antes de caer de sus asientos, golpeándose con hierros, butacas o personas, según el caso, tan doloridos como asustados, en mitad de una oscuridad dramática porque se habían apagado las luces al descarrilar.

Con el corazón desbocado, golpeándole el pecho, fue consciente de todo lo bueno que había en su vida y podía perder. También de las cosas negativas que podría cambiar si tuviera otra oportunidad…

Abrió los ojos y la negrura de un minuto antes había cambiado. En su lugar vio la luz que desprendían las brasas aún crepitantes en la chimenea. Y no oía ya las quejas de sus compañeros de viaje accidentados, si no los ronquidos de su marido que seguía igual de dormido… Nunca había sufrido una pesadilla tan real. Estaba claro que escuchar tantas historias sobre el tren la habían sugestionado.

Lo curioso era que había bastado ese corto trayecto por tierras de Morfeo, para sentirse agradecida de estar viva y dispuesta a aprovecharlo.

¡No había como perderlo todo para sentirse afortunado al recuperarlo!

Fotografías de Pixabay.

¡Hasta el próximo Post!

13 comentarios en «El tren a ninguna parte»

  1. Creo que todos tenemos ese tren, junto a la puerta esperándonos….
    La suerte es tener la entereza de no subirse y poder apreciar nuestro «día a día», porque siempre…puede empeorar.

    1. Mi madre, muy sabia ella, siempre me decía que había que dar gracias porque había gente que estaba peor. Puede parecer conformismo pero no lo es. Es la verdad. Y si eres consciente de que a pesar de todo lo malo tienes cosas buenas seguro que tu vida será un poco mejor. Y lo que se pueda cambiar, se hace, y lo que no podemos cambiar, toca aceptarlo.

  2. Tampoco está mal subir al tren si tienes oportunidad de bajar, a veces solo así, aprendemos a valorar lo que tenemos y ver con la vida a través de unas gafas de color rosa.

    1. Enfrentarse a algo duro te hace ver la realidad de otra manera. Si es a través de unas gafas de color rosa, mejor que mejor. 😉

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