El mueble

Era un escritor de éxito, o mejor podría decir que lo fue.

Tiempo atrás había escrito algunos de los mejores Best Sellers del país, pero llevaba cuatro años de sequía, en los que vivía de rentas a la par que moría de frustración ante las páginas en blanco. Las ideas se habían evaporado. Las palabras secas no daban frutos nuevos. Siempre las mismas, repetitivas y tediosas, sin encontrar compañeras que desataran argumentos interesantes que contar.

Decidió irse a vivir a otro lugar, harto de que sus cercanos preguntaran el «para cuándo la próxima novela».

Como no había respuesta prefirió una huida, rogando que el cambio de aires le trajera ideas renovadas. En su búsqueda, encontró un pueblo apartado, con poca población, donde pasaría desapercibido. Allí adquirió una casa con jardín y bastante privacidad.

La antigua propiedad, bien cuidada y de precio razonable, tenía la ventaja añadida de estar amueblada así que tan sólo necesitaba llevarse sus pertenencias y el portátil. La decoración era clásica muy a tono con la casa, quizás algo oscura, digna de un escenario de novela de Conan Doyle, aunque dudaba que a él, en esa etapa de nula inspiración, le brotara un personaje como Holmes.

Para escribir eligió el sobrio despacho, pero su primer día se lo pasó mirando por la ventana más que otra cosa. Finalmente se dedicó a inspeccionar con detenimiento cada recoveco de la casa.

Presidía la entrada un antiguo mueble de oficio, con innumerables cajones, al que en un principio no prestó excesiva atención. Quiso averiguar entonces su contenido.

Le extrañó que a pesar de no tener cerradura ninguno de los cajones se abriera, supuso que por desuso. Estiró primero con fuerza, luego probó con maña, pero sin ningún éxito en ambos casos. Como si fuera un reto, y maldiciendo por el ansia de conseguirlo, probó de nuevo hasta que uno de los cajones cedió, mostrando en su interior una única hoja manuscrita.

Leyó boquiabierto lo que parecía ser el inicio de una interesante historia. Sin saber porqué, aquello pareció despertarle del letargo en el que llevaba tiempo sumido, y como si se levantara la esclusa que contenía su creatividad empezaron a brotarle ideas sobre cómo debía continuar aquel relato, así que se lanzó a por el portátil. Para su sorpresa, se abstrajo tanto escribiendo que casi se olvidó de comer.

A la mañana siguiente se detuvo frente al mueble para repetir un nuevo forcejeo con los cajones, hasta que uno de ellos se dejó vencer, mostrándole un segundo escrito. Anonadado leyó esos párrafos que casaban perfectamente con su trabajo del día anterior. Se repitió la jugada, y volvió a escribir como si no hubiera un mañana, como en sus mejores tiempos.

Ese mueble con sus tripas, parecía haberle caído del cielo. Cada cajón contenía una hoja; cada hoja una idea; cada idea era el prolegómeno para una creación inspirada.

Preocupado por estar plagiando a un autor desconocido, aunque fueran pequeños retazos y lo demás surgiera de su propia cosecha, quiso investigar su procedencia.

Tras consultar con el anterior propietario, éste le indicó que desconocía la existencia de aquellos escritos. Estaba hablador y no escatimó en detalles al contarle que había heredado la casa de un tío por parte de madre, con fama de solitario vocacional, con el que nunca mantuvo excesivo trato. Como no tenía especial interés en recuperar esas hojas, le dio permiso para emplearlas si estaba interesado, con la única condición de que llegado el caso hiciera mención de su tío al que, por raro hubiera sido en vida, seguramente le habría hecho ilusión ver sus textos publicados.

Más tranquilo pero no menos intrigado por la rocambolesca situación, se encontró escribiendo en colaboración con un difunto. O esa era su impresión, porque los cajones se desatascaban a capricho, como si alguien desde otra dimensión decidiera cuál abrir.

Semanas más tarde, el mueble había dejado al descubierto todos sus secretos y él había reencontrado la inspiración.

Un día y trescientas páginas después, satisfecho y orgulloso, tecleó la palabra fin.

Fotografías de Pixabay.

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¡Hasta el próximo Post!

9 comentarios en «El mueble»

  1. Me encanta, se he hecho corto. Ojalá todos encontrásemos un mueble que nos inspirara o guiara, aunque fuera de alguien ya fallecido. La verdad es que quiero creer que alguien nos guía de alguna manera.

  2. Ya me gustaría tener, en casa, un «entretenimiento», como este mueble!! …menuda maravilla!!!
    Empezaré a «registrar a fondo» toooodooos los armarios!!

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