Déjalo salir

Crecer, si todo va como toca, forma parte de la vida.

Pasamos de ser seres adorables, algo ruidosos, insistentes y con tendencia al desorden; a convertirnos en adultos, responsables y con obligaciones. Es la evolución humana, con sus excepciones -que las hay-.

Sin olvidar lo positivo que tiene madurar, no debería implicar perder lo mejor del niño que fuimos.

Hablo de nuestros primeros años. La etapa de la inocencia y las ilusiones. La de las risas más contagiosas y simples. La de las necesidades más auténticas. Cuando éramos capaces de mirarnos con asombro hasta los dedos de la mano; entretenernos con cualquier objeto vistoso; o correr tras las mariposas. Esos años, sin saberlo, nos concedíamos la libertad de sentir antes que ser.

Parte de esa esencia se conserva durante la juventud, pero no tiene la pureza de la infancia. Su autenticidad.

De algún modo esas sensaciones parecen irrecuperables. Hemos crecido y no parece quedar mucho espacio para la sorpresa. No somos Benjamin Button, para regresar al bebé que transmutó en ser razonable, y con intereses más importantes que jugar.

Dicen que en la ancianidad es cuando nos volvemos niños.

Sobretodo si hay alguna demencia, y los razonamientos dejan de servir. Es entonces cuando la persona se limita a expresar sentimientos y sensaciones. De nuevo, las sonrisas limpias -no hay lugar para la hipocresía-. Se vuelve a coger una mano como indicio de seguridad; se vuelve a disfrutar del dulce sin preocuparse de efectos perjudiciales; se busca la compañía igual que el bebé reclama a sus padres.

Sería bonito recuperar esa esencia en las partes intermedias de la vida.

Cuando todo es «demasiado serio», en situaciones complicadas -sean económicas, laborales, de salud…-, dejar que salga a flote el «yo infantil» puede significar un gran cambio. Los problemas seguirán existiendo, pero tendremos momentos para centrarnos en lo básico -mejor dicho, en lo esencial-.

Sentir otra vez la inocencia es complicado, pero es posible abrirse a lo nuevo, no darlo todo por sabido, creídos como estamos de que estamos de vuelta. Fruncir menos el ceño para ir en busca de la carcajada… Permitirnos sentir antes que ser, igual que cuando no importaba el después. Esos minutos pueden transformarse en fuerzas renovadas e incluso despertar la confianza en los imposibles.

Para ayudarnos, el recurso de la «magia» me parece importante.

En la niñez la fantasía se vive como real. Los personajes de cuento parecen estar vivos y los sueños al alcance de la mano. Ahora, siendo adultos, disfrutar de la magia de los detalles puede ayudarnos a despertar ilusiones. Algo tan simple como pararse a oler un jazmín, aspirar ese aroma y no pensar en nada más. Disfrutarlo. O escribir un texto como éste, pensando en que alguien, lejos, muy lejos, podrá leer estas palabras y conectar contigo, aún siendo completos desconocidos.

Cada uno sabe qué era lo que hacía más feliz a su yo infantil. Ir en la búsqueda de sensaciones limpias y gratas nos aportarán aire entre tanta preocupación.

Rescatemos nuestra inocencia. Rescatémonos de una vida sin ilusión.
¡Hasta el próximo Post!

5 comentarios en «Déjalo salir»

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