De flor en flor

El pasado pesa, sobretodo cuando los recuerdos en lugar de sonrisas despiertan tristezas.

De niña, una sombra le rompía los juegos: las continuas peleas entre sus padres, demasiado ocupados en guerrear para interesarse por sus necesidades.

Su evasión ante los gritos era escaparse al campo que bordeaba su casa, en el que en su imaginación, las flores le susurraban palabras de aliento.

Soltaba los nervios corriendo entre los largos tallos y suaves pétalos, que le hacían agradables cosquillas, casi como si esas mudas observadoras de colores, le dieran las caricias de las que andaba falta.

Su otro apoyo en aquellos años era la vecina de al lado. Una señora mayor que bien hubiera podido ser su abuela; intuía que cumplía el papel de la que nunca tuvo. En ocasiones le soltaba un abrazo inesperado, cuando la sentía más rota. En otras, le preparaba una merienda deliciosa en su casa, donde el silencio significaba paz, porque no se escuchaban insultos ni reproches.

A pesar de ello, al llegar a la adolescencia se había hecho dura, quizás demasiado.

Escéptica ante la vida en general, sólo liberaba su cariño ante aquella anciana que la había ayudado siempre, y que un buen día le dio un consejo.

«Tengo que pedirte algo. Suelta esa rabia que sólo te provocará dolor, allá donde vayas, y céntrate en lo bello. Las flores siempre han estado a tu alrededor; han alegrado tus tardes más tristes. Deja que tu vida gire en torno a ellas y todo será más sencillo».


Mientras se lo decía, sacó de un cajón un vistoso pañuelo de flores, colocándoselo alrededor del cuello. Con él, su joven rostro parecía dulcificarse, como si destapara la ternura que mantenía escondida tras una máscara.

Esas sabias palabras le hicieron meditar. Era inteligente escuchar a quien más sabe.

Eligió tomar un camino diferente del que le pedían sus amarguras infantiles, y acabó asiéndose a una cadena fuerte y liviana a un tiempo. Sus eslabones no estarían hechos de pesado hierro, si no de los millares de flores que pasarían por sus manos, a través de las cuales se ganaría la vida.

Viviría de flor en flor, como cuando corría entre ellas, porque representaban alegría, belleza, paz; lo que siempre debía haber en un verdadero hogar.

Con la ayuda de aquella mujer esencial en sus primeros años, logró enfocar su vida. Trabajaba en una floristería fuera de lo común, ubicada en una coqueta cabaña pintada de azul, junto a uno de los parques más grandes de la ciudad. Su tonalidad parecía haberse elegido a conciencia, para que los blancos, amarillos, rojos, lilas o rosas de las flores, gritasen sus colores a quienes pasaran por allí.

Resultaba tan encantador que los viandantes no podían dejar de enamorarse de aquel bucólico lugar. Eran muchos los que se paraban a comprar un ramo de flores frescas, porque parecían tener el poder de transformar cualquier casa o comercio, en especial.

Con ese oficio, sustituyó la melancolía por la belleza; el rencor por su bienestar.

Elegir lo que le daba fuerzas en lugar de lo que la minaba, fue un giro en su destino, que la llevó donde debía estar: libre de la negatividad que podría haberla echado a perder.

Cada mañana, se centraba en hacer hermosas composiciones florales, que imaginaba como transmisoras de alegría. Aquello no sólo se trataba de un negocio, si no de una forma de compartir la energía que percibía en las flores, y que en su caso, sustituyeron la oscuridad por el color.

Su vecina, ya muy anciana, seguía presente en su vida, feliz y orgullosa al ver en quién se había convertido: una florista que sonreía a la vida, más allá del peso del pasado.

¡Hasta el próximo Post!

Fotografías – Imagen 1: Simone Holland. Imagen 2: Jill Wellington. Imagen 3: Urszula Mazurkiewicz. Imagen 4: PublicDomain Pictures. Imagen 5: Anastasia Gepp. A través de Pixabay.

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