Con vistas al otro lado

La vida no puede darte miedo cuando sabes que no termina.

Cuando la inocencia era grande y no sabía nada sobre despedidas ni duelos, se creía la protagonista de un mundo frecuentado por hadas y duendes, aunque en realidad se tratara de otra cosa.

Y es que los puentes se inventaron para cruzarse.

Llegaba un momento en toda vida que no quedaba más remedio que convertirse en otra cosa; sólo ella, con su mirada transparente y esa mente limpia, sin prejuicios aprendidos, podía contemplarlo.

Debido a ese don que la hacia diferente, ignoraba lo que era el miedo y se enfrentaba sin alterarse a situaciones que para el resto de mortales hubieran sido terribles. Podía ver cualquier personaje que la rondara, sin inmutarse, con la misma naturalidad del mundo mágico de los cuentos que le leía su madre por las noches.

Por ello, al hacerse mayor, se fabricó una vida a su medida, tan diferente al resto pero, por eso mismo, maravillosa a sus ojos.

Vivía en una casa bastante tenebrosa -al menos así lo creían sus vecinos, porque era oscura y flotaba cierta aura de encantamiento a su alrededor-, pero en realidad era sólo fachada. Como siempre las apariencias engañosas escondían otras realidades, y para ella en su hogar no había temores si no diversión.

Ella, mujer hermosa, sofisticada y soñadora, se había convertido en una pintora de cierto éxito por la originalidad de sus obras. En una de las estancias de la casa había instalado su taller, en el que recreaba escenas de todo tipo con un denominador común: las etéreas figuras que daban el toque fantástico a sus cuadros.

Sus cada vez más frecuentes exposiciones, le iban dando mayor reconocimiento, no sólo en su propia localidad si no en lugares lejanos, gracias a la publicidad que se creaba sobre ella en las redes.

Ella era la pintora solitaria y sin miedo, la de la casa oscura. Con la venta de sus obras vivía con desahogo y podía alternar viajes y muestras con cierto enclaustramiento voluntario para reencontrarse con sus amigos del otro lado.

Era feliz con su existencia atípica en la que vida y muerte iban de la mano. Una vida en la que sus obras le contaban al mundo lo que no podía explicar con palabras, porque la gente la hubiera tachado de loca.

Prefería disfrutar de su soledad elegida, hasta que encontrase al hombre perfecto con el que compartir sin complejos sus extrañas amistades. Tal vez existiera, aunque costara encontrarlo pero mientras aparecía, su amiga más leal era la pequeña lechuza que cada noche se posaba en la rama del árbol que había frente a la ventana de su dormitorio.

Con ella cerca, los sueños siempre eran pura magia.

Fotografías. Imagen 1 Composita – Imagen 2 ATDSPhoto – Imagen 3 Peter H – Imagen 4 Enrique Meseguer – Imagen 5 Alexandr Ivanov – Imagen 6 Lenka Novotná – Todas a través de Pixabay.

¡Hasta el próximo Post!

12 comentarios en «Con vistas al otro lado»

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