Bye bye estrés

Como si cayese de cierta altura, se sintió rebotar en el colchón. El corazón desbocado le hizo abrir los ojos y despertarse al nuevo día como si acabara de correr una maratón. No entendía ese mal dormir pero sin duda los nervios del día a día, que no conseguía exteriorizar, salían a pasear de noche, haciéndole vivir todo tipo de películas absurdas. La última, esta del vuelo con aterrizaje incluido.

Se vistió a toda prisa, sin parar ni un momento a colocarse su siempre alborotado cabello. Llegar tarde es lo que tiene, pensó. No había tiempo para florituras. La vecina de abajo se puso a reír al verle. Sí, iba vestido, pero las horribles zapatillas a cuadros que le regaló su madre la pasada navidad, seguían en sus pies.

Tras agradecerle a la mujer que no se hubiera contenido la risa, porque peor habría sido escuchar las burlas en la oficina, volvió a subir como una exhalación para ponerse los zapatos. Realmente no sabía qué le estaba pasando. Iba como un loco todo el día, llegando tarde a todos los sitios, mal comiendo, mal durmiendo y ahora por lo visto, mal vistiéndose también.

Todo el mundo le daba remedios milagrosos. Pastillas para relajarse, melatonina para dormir mejor, sesiones de coaching para enfocar su vida… no tenía ni idea de si funcionaría alguna de aquellas sugerencias, porque no pensaba probarlas.

  • Estaba hasta las narices e iba a darle a su vida la vuelta como un calcetín.

Empezó a buscar casa en alguno de esos pueblos vaciados, en los que quedaban un par de vecinos y tres gatos, todo lo más. Casas por dos duros, o veinte mil euros, que sería otra forma de decirlo. Hasta había oido contar que en alguna localidad semi abandonada, incluso ofrecían la casa gratis, lo que significaba que había gente aún más desesperada que él. O bueno, motivada por llamarlo de otra forma.

Si encontraba un lugar lo suficientemente perdido pero lo suficientemente barato para poder empezar a vivir despacio, la moda slow le llamaban, seguro que dormiría sin levitar e incluso se acordaría de calzarse para salir a la calle.

Podría plantar tomates o tener gallinas. Aprender a hacer pan o confitura casera. Y todo eso, en la era de internet podía tener salida si se publicitaba como youtuber campero y conseguía rentabilizar alguna de las cosas que aprendiera a hacer en su futura vida rural.

En un par de meses encontró ese pueblo semiperdido, con una casa semiderruida pero al menos semiregalada, en la que él y sus bártulos iban a aterrizar en breve. Había llegado a un acuerdo con sus jefes y le habían arreglado los papeles para cobrar el desempleo. Miraría la forma de invertir para poder montar algún negocio, aunque realmente no sabía cuál… Daba igual, la tierra prometida le estaba esperando.

Bye bye estrés.

Las primeras semanas fueron maravillosas. No sonaba el despertador si no un solitario gallo de alguna casa colindante. Vecinos, contándolo a él, quince, así que nunca había aglomeración por las calles. Se conocían todos, por lo que lo de salir un viernes a conocer gente nueva, cómo que no. Lo de ser un youtuber de éxito allí era francamente complicado, porque lo que se dice internet, no había. Si que había un montículo en las afueras del pueblo, donde si te colocabas bien, pillabas una rayita de cobertura que te permitía mandar algún WhatsApp, pero poco más.

Es lo que tenía la vida slow. No había estrés aunque quizás llegaría a echar de menos las películas de sus sueños más locos. Pero pocas bromas, que seguro que muchos se morían de envidia al pensar en él y su vida del revés como un calcetín.

4 comentarios en «Bye bye estrés»

  1. Y dónde dices que está ese pueblo?

    En el día a día es necesario aprender a buscar ese lugar o elegir un momento en el que no haya sitio para los nervios, las prisas… y podamos recargar las pilas.

    1. El pueblo está en la República independiente de mi mente, 😉 vamos imaginario total. Y si, hay que intentar desestresarse aunque no cambiemos de lugar….

  2. Creo que este pensamiento lo hemos tenido la mayoría de mortales, una forma de escapar del ritmo frenético que se nos ha impuesto o quizás que nos hemos impuesto nosotros mismos.

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